¿(In)seguridad urbana?

Paisaje Urbano y Percepción de (in)seguridad.

Autora: Mariana del Alba López Rosado

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Pensemos en los ciudadanos y ciudadanas de San Juan. ¿Qué sienten cuando caminan por las calles? ¿Las caminan o las pasan a toda velocidad con un auto? ¿Qué configuración de paisaje urbano tiene la ciudad? ¿Nos invita a caminarla? ¿Necesitamos caminarla? ¿Cómo vemos al que las camina? ¿Nos sentimos seguros en las calles y en las plazas a todas horas? Es un caso interesante el que nos planteamos, se trata de un país que ha generado y adoptado una filosofía y páctica para un urbanismo de baja densidad, con alta dependencia del auto y escasa interacción en las calles. A excepción de la ciudad antigua, el Viejo San Juan, el resto del país vive, trabaja y se recrea en suburbios. Los suburbios garantizan una cosa, el desuso y poca movilización y comunicación en los espacios públicos. Si deseamos aspirar a una ciudad con un tejido urbano saludable y fructífero debemos seguir haciéndonos preguntas. ¿Qué relación tiene el urbanismo con la (in)seguridad? ¿Será que la percepción de (in)seguridad viene a raíz de eventos delictivos en sí? ¿Cuánto tienen que ver los medios de comunicación en la inyección de pánico en la ciudadanía y posteriormente en la eliminación de la posibilidad de utilización del espacio público ? En fin, pensemos en el estado actual del diseño urbano en San Juan, en cómo genera o estimula las percepciones de (in)seguridad, pensemos en los -remedios- que ha tomado el gobierno para solucionar el problema y finalmente, uniendo todas estas variables podemos tener un panorama orientado sobre el tema y activarnos como ciudadanas y ciudadanos políticos e involucrados.

El ambiente urbano puede generar percepciones que no se ajustan o responden a la realidad que enfrentamos y esto puede crear desestabilización e inestabilidad en los procesos de comunicación. Debemos preguntarnos, de qué forma respondemos a un suceso que nos ha llegado por los medios de comunicación o por otros sujetos. Los procesos mentales que nos dominan crean una imagen y un prejuicio sobre un espacio determinado, incluso antes de nuestra presencia en el mismo. En otras palabras, si llega a nuestro oídos información de actos delictivos cometidos en una calle particular, aunque realmente no estemos expuestos a un evento de inseguridad, cuando caminemos por ellas podemos tener una tendencia a sentirnos una predestinados a ser víctimas de algún acto criminal, el que fuera. Durante estos procesos mentales, que pueden durar segundos, nos podría pasar por la mente la gran cantidad de información, literal y amarillista, que recibimos de  los medios de comunicación en masas. Esto nos lleva a sentirnos identificados con las víctimas del delito y nos da una sensación de eterna vulnerabilidad en el espacio público mientras nos pensamos como víctimas potenciales de un acto delictivo.

Cuando pensamos en la (in)seguridad debemos reconocer aquellos elementos que predeterminan las percepciones y las respuestas -individuales y sociales- hacia un determinado espacio. Una  variable a considerar son los medios de comunicación y la forma en que fomentan una percepción homogénea de la criminalidad. Esto crea una especie de ficción y potencia la “necesidad” del ciudadano a protegerse y a justificar su miedo al otro, al desconocido, a lo extraño.  Otra variable a considerar es el lugar, el paisaje, el tejido urbano y la integración de espacios públicos concurridos, la luminaria, el mobiliario urbano, la visibilidad, la presencia de más o menos personas, etc. Estos elementos son importantes cuando hablamos de (in)seguridad ya que el ser humano tiene una alta impotencia sensorial en la oscuridad, es por esto que representa sensación de vulnerabilidad colectiva si el diseño urbano no está configurado y pensados para el funcionamiento de los sentidos (principalmente la vista, pero también el tacto por la forma en que sentimos el suelo y si confiamos o no en su pavimentación). Todo esto altera la forma en que configuramos nuestro recorrido por la ciudad.

Las respuestas a los estímulos como la seguridad o inseguridad se puede medir o analizar a partir del prejuicio que tengan los ciudadanos/as sobre lo que representa un espacio y sus usuarios. Las formas en que se percibe un  estímulo y la consideración del  trasfondo social, económico, político e incluso las actividades recreativas, es esencial a la hora de hacer una intervención urbana por mínima que sea. Se debe indagar en cómo los ciudadanos/as utilizan, ven y sienten el espacio urbano.  En otras palabras, para tener un buen diseño urbano debemos hacer todos los esfuerzos necesarios para entender la realidad de cómo las personas sienten y perciben un espacio (antes, durante y después de haber estado en él). Esta sería una forma de tener un marco amplio que nos puede llevar a elaborar respuestas preliminares para trabajar de la forma más heterogénea posible una nueva configuración del tejido urbano. Estas respuestas, a fin de cuentas, se basan en entender de qué forma un estímulo puede generar repuestas o acciones conforme a la manera en que aprendimos a ver el mundo.

Entrando en contexto…

Una breve descripción urbana nos puede ayudar a acercarnos a la posible realidad del paisaje y así, poder entender y crear la pertinencia del tema de la integración ciudadana y de las políticas públicas actuales y emergentes en la solución de un problema de (in)seguridad. San Juan es una ciudad que se alejó de las posibilidades de ser un modelo de tejido urbano saludable y racional, compacto y diverso, sostenible y democrático. La ciudad se catacteriza por sus grandes carreteras y la predilección por tener autos rodando en vez de personas caminando. Estas prioridades trascendieron a la construcción de espacios diseñados para no ser caminados, tampoco para ser ser visitados y mucho menos para ser lugares de acogida para una sociedad que busca la convivencia e integración de los diversos agentes. Se buscó la segregación, el levantamiento de fronteras y barreras concretas o abstractas que matuviera a la población en raya. Encontramos calles que son avenidas, casi todas diseñadas para el auto y para su gran velocidad, las aceras con vulgarmente estrechas (si es que tenemos la suerte que existan), el mantenimiento de las aceras es escaso, con raíces de árboles que han brotado del pavimento, basura, aguas empozadas, perforaciones que han cumplido varios años y siguen abiertas creando peligro y siendo un factor determinante en el no-andar. Todo esto limita la deriva urbana cómoda y segura, en andar por andar, el salir de paseo sin un objetivo fijo, con el único objetivo de no tener destino. La poca accesibilidad, visibilidad y luminaria, el poco sentido de orientación para el peatón lo crean un lugar más vulnerable aún para las mujeres que son quienes más viajan, quienes más rutas tienen en su día a día por la ciudad.  Esta puede ser una breve y simple descripción de elementos básicos necesarios en la construcción de espacios que funcionen y sirvan a los ciudadanos. Las calles, universalmente son las encargadas de unir lugares, de hacer accesibles y conducir a parques, trabajos, residencias, plazas, centros de reunión, equipamientos, etc. Si las calles se encuentran en condiciones poco apropiadas para el tránsito peatonal, tendremos una reducción importante en la presencia humana en las mismas, estarán solitarias, se abandonarán a su suerte y esto llevará a la creación, dentro de las posibilidades de cada sector económico, nuevas posibilidades de espacios. ‘Se reemplazaron las plazas por los centros comerciales, las calles por galerías, la policía por seguridad privada y los barrios por urbanizaciones. Los espacios públicos quedaron echados a un lado y poco deseados.’ En San Juan se le ha negado al ciudadano el acceso a la ciudad, a los espacios públicos, a la heterogeneidad y se le ha invitado a invertir en la propiedad privada, la pequeña fortaleza como refugio familiar e individual, se ha vendido la urbanización como el eterno espacio de seguridad, el encierro se vende como utopía máxima donde la familia puede estar, entre cuatro paredes, libre de los terribles riesgos que existen en la calle.

Ante el terrible panorama del abandono de los espacios públicos, el tránsito por ellos puede hacer que se vean como “lugares de extraños” y aparece el miedo y se opta por ser fiel creyente de un imaginario de seguridad. Es, durante este proceso, donde nace la “necesidad” cámaras de vigilancia, guardias privados, iluminación excesiva (donde conviene al que tiene el dinero para pagarla) y otros ejemplos que llevaron y siguen llevando la ciudad mayor distorción, a la menor interacción y a la mayor emancipación del resto de los seres humanos.  El gobierno local y central en Puerto Rico responde a la situación del desuso de los espacios públicos y a la metastizada inseguridad, apostándolo todo  por el control social, la pérdida de complejidad y a la desconfianza y paulatino desuso del espacio público. En la ciudad de San Juan se podría aplicar el término de privatopía (More, T.), que surge en la literatura norteamericana designando a todo desarrollo urbano exclusivo, segregado del dominio público. ‘Las privatopías emplean el subterfugio de la paz social para garantizar el control férreo de la individualidad mediante normas de comportamiento formales, objetivas y fácilmente comprensibles que se establecen como simples cláusulas en los contratos de compra de vivienda.’

La seguridad es un elemento que está extremadamente incrustado en los discursos de las necesidades humanas actuales que, se espera, sean saciadas por el Estado de Bienestar. En este caso, la ciudad capital de San Juan es la encargada de cumplir de cualquier forma con la declarada guerra contra la (in)seguridad. Pero, cuando existe todo un mercado comercial, ideológico y partidista que se aferra a la existencia de la inseguridad, se venden y compran cámaras de vigilancia, se incentiva la construcción muros altos o rejas con lacerantes, también venden discursos político-partidistas que hablan de una tranquilidad y paz como utopía que únicamente el orador podrá otorgarle a la ciudad. Dentro de los ya repetidos debates sobre la seguridad ciudadana no se escuchan intenciones de profundizar en las causas, en los estímulos ni en las respuestas que se deben buscar y conseguir  para mermar paulatinamente la percepción de riesgo y propiciar la utilización del espacio público. Cuando la percepción de riesgo se asume colectivamente se genera una respuesta a mediano y largo plazo que tiende a abandonar los espacios públicos, a ceder los derechos de disfrute en las calles y centros urbanos y otorgándoselo a los supuestos criminales, esos que creemos velan las calles permanentemente esperando por sus “víctimas”. Al final, resulta que la calle está desierta, que no tiene grupos sociales nutriéndola de diversidad de usos, no hay conflictos,  no es sostenible y  tampoco apuesta por la supervivencia de los pequeños y medianos comerciantes que se pueden encontrar a las orillas de las pequeñas y aún transitables calles.

En Puerto Rico, año tras año, hay un incremento en la preocupación sobre la seguridad en las calles que lleva a que el gobierno asuma un discurso repetitivo e inútil sobre ‘las manos duras contra el crimen’. Ya hemos visto más manos de lo esperado y deseado. El debate debe ser de altura, porque si algo tenemos claro es que las calles seguras son aquellas que están llenas de personas y de actividades coridianas y comerciales, que el estado de guerra contra el crimen termina generando una doble (y no deseada) percepción de inseguridad y que no debemos empeñar nuestro derecho al disfrute de la ciudad por burdas promesas de seguridad. Las respuestas al crimen han sido siempre ejecutadas unilateralmente, sin participación de los ciudadanos/as que se ven afectadas y sin el debate de valores y ética. Esto es insuficiente y es un círculo de vicios sin fin, es un laberinto sin salida y la clave está en el territorio, en la gente que lo vive y se identifica con él. La solución no es global, tampoco es aplicable a todo el país, son casos diversos y a veces aislados y las repuestas, si son bienintencionadas,  deben tener esa misma configuración.

Los ciudadanos/as se han visto echados a un lado en un tema tan importante como la (in)seguridad urbana, esto me hace señalar una de las muchos formas que existen para abordar este fenómeno: Puerto Rico tiene un urbanismo que no apuesta a la integración, al conflicto (en su escenario de enriquecedor de debates y decisiones), a la empatía o la solidaridad, sino a la segregación, al discrimen, al individualismo y la degradación de los espacios. Los espacios públicos fueron abandonados, deteriorados y esto me hace pensar que, existan o no eventos delictivos, se percibirá miedo y se sentirá vulnerabilidad ante todo lo desconocido. Los esfuerzos dirigidos a la seguridad ciudadana deben comenzar por entender los barrios, sus complejidades, sus diferencias y similitudes, y asumir un diálogo que lleve a la acción, a una materialización que mejore las condiciones físicas de las calles y plazas. La estética es necesaria para caminar, como dice Francesco Careri, “Mientras que para Fulton el cuerpo es tan solo un instrumento perceptivo, para Long es también una herramienta de diseño”.  Entonces, podemos ver el cuerpo como herramienta que siente, ve y disfruta o no un espacio conforme a los elementos estéticos, naturales y sociales que allí se encuentren, pero también podemos diseñar con nuestro cuerpo diferentes formas de ver y sentir el espacio. Careri continúa diciendo que “Parecerá una banalidad, pero la única manera de conseguir una ciudad segura es que haya gente andando por la calle: solo esto permite un control recíproco sin necesidad de cercados o cámaras de vigilancia. Y la única manera de lograr una ciudad viva y democrática es que se pueda andar sin anular los conflictos y las diferencias, que se pueda andar para protestar y para reafirmar el propio derecho a la ciudad”. (Careri, 2013) Y para finalizar, es esencial el señalamiento de Careri al decir que ha empezado a entender que el hecho de andar es un instrumento insustituible para formar no solo alumnos sino también ciudadanos, que andar es una acción capaz de disminuir el nivel de miedo y de desenmascarar la construcción mediática de inseguridad.

Los ciudadanos de San Juan están en desventaja, no controlan su tiempo no-productivo, las políticas públicas urbanas inevitablemente conducen a la especulación de los espacios y sus actividades. Ante este panorama, podemos ver una relación causa-efecto en lo que concierne a las actividades ciudadanas y el uso del espacio público. Esto puede generar mayor percepción de seguridad en las calles, plazas y otros espacios. Resulta interesante la interrogante de qué ocurrió primero, la percepción del miedo o (in)seguridad o la propia criminalidad. A esta interrogante, como hemos discutido brevemente, podemos agregarle la variable de los medios de comunicación de masas. Los medios han generado miedos y alarmas y han condicionado las respuestas de los ciudadanos y ciudadanas en los espacios urbanos. Al final, el panorama sigue generando desusos, la pérdida de la identidad del lugar, abandonos, vandalismos y otros.

Una de las soluciones podría encontrarse en la repoblación de los espacios públicos, en hacerlos estéticamente agradables y que sean creados y adoptados por los vecinos/as, visitantes y turistas. La percepción sobre el espacio debe ser un tema de debate actual, se debe comprender y trabajar de manera inclusiva, heterogénea y sensible hacia las personas, sus placeres y deseos en el entorno urbano. Es nuestro deber darle importancia a estos temas y dedicarle  más tiempo a la reflexión y al debate mientras estamos en un aula, en un café, en un mercado, en el espacio cibernético o en la calle. Sin duda, nos veremos destinados a conocer nuevas personas y simpatizar con sus experiencias, también a disfrutar de la diversidad mientras se discute y trabajan nuevas ideas y proyectos de comunidad. Finalmente, será un proceso que nos inyectará la ilusión necesaria y nos despojará de la conformidad social y urbana en la que nos encontramos.

Referencias:

Borja, J. (2010). La ciudad conquistada. Madrid: Alianza Editorial.

Careri, F. (2013). Walkscapes: el andar como práctica estética. Barcelona: Gustavo Gili, SL.

Morán, R. E. (2006). La criminalidad en Puerto Rico: causas, tratamiento y prevención. San Juan, Puerto Rico: Isla Negra.

Palma, R. A. (15 de Agosto de 2010). Seguridad y Territorio. Recuperado el Diciembre de 2013, de Seguridad y Territorio: http://seguridadyterritorio.blogspot.com.es/2010/08/del-miedo-al-delito.html

Sergi Valera, E. P. (s.f.). http://www.ub.edu/psicologia_ambiental/. Obtenido de Psicología Ambiental: Elementos básicos: Psicología Ambiental: Elementos básicos

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