Un mito que se convierte en: La Realidad, o quizás en un caracol.

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Hablo de un mes de mayo en Chiapas, México.

Son las cuatro o cuatro y cuarto de la mañana, una mañana fría y sumamente oscura. La contaminación de la ciudad no llega a esas tierras húmedas y sufridas en el sureste de este país. En esta ciudad indígena el andar es diferente, los rostros también lo son, quedan rastros en las gentes de un pasado doloroso y de una lucha que ha sido eterna y que continúa. Sí hubo un alzamiento por parte de las comunidades indígenas víctimas de los atropellos del mal-gobierno mexicano. Sí se le declaró la guerra al gobierno, es decir, al mal-gobierno. Sí existen las injusticias inimaginables por nosotros. Las mujeres zapatistas sí han subrayado la historia, esa historia -dice Marcos- que sería una historia mal hecha sin ellas. Sí estos hombres, mujeres, ancianos y niños zapatistas luchan por el tránsito libre de la democracia en México. Sí el Insurgente Vicente Guerrero gritó una vez: “Vivir por la Patria o morir por la Libertad”. Los muertos gritan: PARA TODOS TODO. La ciudad guarda cuidadosamente sus cicatrices y se ratifican en la fuerza de su movimiento. Todas estas afirmaciones corresponden a un sector que se cansó de no ser escuchados, de tener muertes innecesarias y se cansaron de la expropiación de tierras por parte del Estado para dárselas a agentes externos. La lucha se da por las tierras, por la historia y por el saber. La lucha en contra la deshumanización de las instituciones estatales y de los grandes negocios. Luchan por mantener sus hogares en esas tierras llenas de historia, por evitar la extracción de la reserva petrolera, las maderas exóticas y el uranio. Es una lucha en contra del neoliberalismo. Es la palabra hecha revolución.

La frase: “La guerra por la paz” podría considerarse contradictoria y contraproducente si se tratara de un gobierno imperialista y asesino. Todo lo contrario sucede cuando se lucha porque ya no hay nada que perder, cuando tienes un gobierno que discrimina en tu contra por ser indígena, por ser mujer o por ser pobre, ignora los reclamos de los pueblos y les quita su hogar, que es su único método de producción. Por estas calles de San Cristóbal se respira historia, y quedan partículas de un alzamiento indígena realizado un primero de enero del año noventa y cuatro. Estos callejones son el refugio por las noches de niños y niñas indígenas que no tienen a dónde ir. Todo ser humano camina estas calles, muchas de ellas peatonales. Admito que tengo una obsesión por estas calles, creo que por eso las fotografío tanto intentando captar como el Sol ilumina las mismas dándoles otro sentido según llega la noche, es como si una calle tuviera personalidades conforme pasa el día. De pronto las gentes que las caminan son diferentes, unas tienditas abren y otras cierran, los niños indígenas que venden collares reaparecen cansados, sudados y con los mismos collares de la mañana.

Todo esto pasa por mi cabeza mientras me dirijo a la selva chiapaneca. Según subimos estas montañas más espesa es la neblina. Hay extraordinarios paisajes apenas visibles, la vista se me frunce intentando ver más allá de la neblina. Pero no importa, porque sé exactamente dónde estoy y hacia dónde me dirijo, al menos eso creo. Nuestro guía parece conocer muy bien la historia de los zapatistas, sus comunidades y su gente. Nuestro guía se llama Yoni. A Yoni le robaron la bicicleta antes de conocernos y no obstante el mal rato nos trata como si nos conociera de siempre, nos contesta las preguntas con un entusiasmo increíble y nos abraza con su conocimiento y admiración hacia los zapatistas. Él trabaja valorando cada centímetro de las tierras y de los indígenas, nos habla de las montañas como si acabara de emerger de ellas logrando que por su descripción pudiéramos darnos cuenta del olor de esa tierra, del olor a un pueblo oprimido que ama su tierra: en este momento la tierra nos está hablando y cautelosamente nosotros escuchamos lo que tiene que decir. Viajamos por horas hasta llegar a un portoncito de madera con una caseta de vigilancia muy rústica. Por ahí vienen dos hombres con pasamontañas, se pueden ver muy poco por la neblina espesa que sirve como protección de ellos, la veo como parte de su vestimenta que los cubre a lo lejos para no ser vistos. Según se acercan se define la imagen. Los veo a los ojos a través del cristal del auto. Pienso en lo jóvenes que se ven para estar armados y con pasamontañas. Y automáticamente me retracto. Son jóvenes que han vivido cosas que un anciano en mi país jamás ha vivido, ni vivirá. Los veo como seres superiores, inalcanzables. Los veo como dignos ejemplos, porque tienen de seguro mi edad y viven una vida eterna de lucha y amor. Sé que están hablando porque veo sus ojos moverse, es lo único que puedo ver de la cara. Me parece que hasta se están riendo de nosotros. ¿Qué les parecerá tan gracioso? Quizá ver un grupo de jóvenes curiosos y atenderlos cuando de seguro tienen mejores cosas que hacer. Digo quizás porque no sé la respuesta y nunca la sabré. Nos hacen esperar durante un tiempo que no puedo descifrar, porque la noción del mismo la perdí desde que encaminamos hacia acá. Hablan en voz baja y en su lengua para no ser descifrados por nosotros. Nos dejan entrar. Bajamos una cuesta arenosa y con desniveles, su carretera principal. Hay muchas cabañas artísticas, llenas de hermosos murales que narran su vida como pueblo luchador. Llegamos a una cabaña que decía afuera en colores muy lindos: Junta de Buen Gobierno. Me siento en un banquito de madera pegado a la pared y escucho que adentro hay una serie de murmullos y movimientos. Y en estos momentos estoy experimentando un sentimiento que jamás había sentido: estar cerca de una verdadera autoridad, un verdadero gobierno. Hoy en una simbología reconfortante el pueblo indígena marginado por otros cuenta con el aprecio y el apoyo incondicional de su gobierno autónomo. Y yo en unos instantes conoceré a estos líderes natos y de excelencia. De pronto, se abre una puerta ruidosa y no se escuchan voces, mis compañeros de viaje entran y yo en medio de mi reflexión no me doy cuenta de que ya era la hora del encuentro. Despierto de esta hemorragia de ideas y recuerdos cuando ella sale de la casita y me llama: “Entra… te guardamos un espacio”. ¿Qué tipo de “espacio” podría ocupar yo en este lugar cuando el corazón y la pasión de esta gente no caben en todo Chiapas? Claro que me refiero a otro espacio, ya saben, ese que es humano. El espacio físico que me guardó ella fue en el medio de todos y al frente de todos. Los tenía a todos a distancia de un metro, nos dividía un viejo escritorio lleno de papeles. Se disculpan por no poder hablar bien el español antes de hablarnos de su historia y sus problemas en la actualidad. Por mí que hablen en sus lenguas porque aunque no entienda su lengua sí entenderé su lucha, su historia, su sufrimiento, su valor y su dignidad. El hecho de que se dirigieran a nosotros personalmente -con la idea de compartir sus problemas para concientizarnos y sensibilizarnos- me emociona y me enfurece.

Luego de una larga conversación donde compartimos experiencias nos dejaron caminar libremente por su comunidad. Entramos nuevamente a la neblina y al camino arenoso. Seguimos bajando la cuesta hasta ver sus maizales, esos que –en momentos de guerra- los helicópteros y aviones del estado les lanzaban venenos para matar la cosecha y dejarlos con hambre. Se terminó el camino y tuvimos que caminar por uno improvisado para llegar a la escuelita. Una escuelita con niños indígenas de varias comunidades con lenguas y costumbres diferentes pero con un enemigo en común: la ignorancia. La combaten a diario caminando hasta su escuelita y compartiendo conocimientos liberales y valores de solidaridad, valentía y dignidad. Me escondo bajo una pared en las afueras de un aula y escucho a la maestra hablando de Ernesto Guevara y su dedicación incondicional para liberar a Latinoamérica del Imperio opresor. Ojalá hubiera podido tener esta educación desde pequeña en la escuela, que me hablaran de Emiliano Zapata, Ernesto Guevara, José Martí, Benito Juárez, Salvador Allende, Luis Ignacio Lula Da Silva, Evo Morales, entre muchos otros. Ojalá su valentía y dignidad fuera conocida por todo ciudadano en mi Isla. Ojalá se pudiera concientizar desde temprano a la sociedad, de seguro así no habría tantos atropellos a los derechos humanos. Basta de reflexiones, hace frío y ya nos tenemos que ir. Subiendo el camino arenoso veo los murales que no había visto cuando bajaba. Cada vez veo más definida la barrera de madera que divide la comunidad autónoma de la carretera que nos lleva nuevamente a San Cristóbal de las Casas. Y recuerdo un escrito de Marcos que dice: “Hay quienes incluso marchándose se quedan. Y hay quienes quedándose de van. El México de abajo es vocación, lucha, valentía, solidaridad, barrio, raza, es cuate, es huelga, es marcha, es mitin, es toma de tierras, es cierre de carreteras, es: No les creo, no me dejo.” Con tristeza y nostalgia me monto en ese auto que nos trajo, esta vez dejando atrás a un pueblo con vergüenza, un pueblo que no se rinde, que resiste y es digno. Marcos escribió: “Hablando y escuchando aprenden a caminar los hombres y mujeres verdaderos/as”. Vaya que aprendimos hoy a escuchar, escuchar y –si es necesario- luego hablar. En silencio nos vamos, no nos cabe espacio en la mente para entablar conversación entre nosotros/as. Nos vivimos los sentimientos del encuentro y la admiración de manera individual. Y nos despedimos pensando en un: HASTA PRONTO.

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