Guatemala. Por Kamil M. Gerónimo

Son las 7 de la noche y voy de regreso a Puerto Rico. Las primeras dos inspecciones fueron en Guatemala y la tercera en la escala panameña. Puerto Rico, afortunada tierra a la que entra de todo, excepto su autodeterminación, y bien que pagan la cuota quienes militan dichas ideas.

Guatemala es una tierra que trata de esconderse, pero que lo comunica todo. Entre las luces de la ciudad y su apretado comercio se distinguen los espacios inhabitables, aunque atestados de gente. Acantilados por donde la “ley y el orden” se precipitan con la misma fuerza que la basura que se arroja sin mesura. Acantilados desde donde el pueblo guatemalteco resiste y legitima su derecho a la ciudad. ¿Cuánta identidad puede existir en un espacio que se puede traspolar a cualquier lugar del mundo? A cualquier lugar donde haya un centro urbano que concentre la noción de progreso y una población que se juegue la vida por vivir en él, alrededor de él, arriba de él y en este caso, debajo de él.

Ciudad de Guatemala, como Lima o San Salvador, es una ciudad de gente pequeña, de mirada baja, ego encorvado y calidez insuperable. Se ve siempre en sepia, se suda en naranja y se oye al ritmo de un parque de diversiones sólo para carros. Difícil es escapar del sabor a maíz, siempre presente en tamales, tortillas, mazorcas y alcohol. Maíz, que al ser complementado con cebollas, salsas, cilantro y queso pulverizado, se convierte en una bofetada a la nariz, atentado de placer al paladar y tranque digestivo. Proceso que en sí carga la esencia, la dualidad de un pueblo maya cuya historia es una receta de subversiva cocción.

Conocí a Guatemala por El Señor Presidente y Weekend in Guatemala, de Miguel Angel Asturias. Novelas cuyas escenas recreé alguna vez en calles como aquellas. Ficción, que ojalá sólo ficticiamente, recoge la torturada existencia tras los gobiernos militares, las dictaduras, el intrínseco fervor religioso y la predecible imponencia del gobierno de Estados Unidos de América.

Reconocía a Guatemala por ser la tierra en que Rigoberta Menchú forjó su conciencia. Conciencia que durante su pasar por la vida atestiguó la quema en público de un hermano que apenas comenzaba a vivir; el incendio público de una estructura que albergaba a un padre que recién comenzaba a heredar un patrimonio de lucha; la servidumbre de una madre que ya había perdido dos infantes intoxicados por las fumigaciones en los sembradíos de algodón; y la valentía de dos hermanas que optaron pro enfilar las armas e internarse en las montañas.

Pensaba, mientras hacía maletas para ir, que por el carácter del evento al que asistiría, no me alcanzaría el tiempo de conocer alguna lucha de movimiento social in situ. Estaría de diálogo en gestión, dada la reunión del Comité Directivo del Consejo de Educación de América Latina y el Caribe, en representación del último. No obstante, llegado el tercer día, una gran noticia resucitó aquél interés. Finalizado el evento, nos adentramos a conocer la lucha de La Puya.

Si bien esta experiencia la narro con detalle en mis diarios del 7 de abril, hoy resumo se trata de un Campamento de Resistencia Pacífica en contra de un proyecto minero que pretende extraer oro de suelo guatemalteco. La Puya cumple ya un año de estructura y organización, en el que no han faltado amenazas, insultos, persecución y balaceras. El gobierno ha pactado con la industria minera un modelo extractivista androcéntrico cuyas repercusiones ambientales amenazan la ya desnuda vida de las comunidades aledañas. Comunidades no informadas, no consultadas, engañadas.  Nuevamente, situación que se torna el día a día de Nuestra América.

Este ejército de valientes apasionados y adoloridos hoy dicen BASTA. Su motor cotidiano es una fé en un Cristo que lleva impreso en su batola la insignia comunista. Un movimiento que por tácticamente no ha respondido a las estrategias de violencia, que ha preferido cantar, alabar, e ignorar los insultos. No soy creyente, pero sin duda su fe les ha permitido hermanarse y luchar mano a pies, formarse políticamente, reconocerse equitativamente y responder colectivamente en función de su autonomía. Claro que aún les falta!… es “un pueblo sin piernas pero que camina”. Su iniciativa, sin duda, es parte de la reserva moral que nos queda para no dejar caer la toalla en medio de una crisis de valores que se ha llevado consigo el carácter de urgencia y la responsabilidad que tenemos- y debemos- a las futuras generaciones.

Guatemala late en cada corazón que la visita y que empieza a comprenderla. Guatemala se expresa en cada vibrante tejido de su majestuosa artesanía. Se piensa y se sueña con cada puesta de Sol, con cada Nahuatl y su presagio. Sólo por ello, nunca se olvida.

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