Se arrienda la memoria, las historias colectivas y de paso, algunas cuerdas del Parque Luis Muñoz Marín.

El caso del Parque Luis Muñoz Marín y su actual inestabilidad como parque nacional y espacio público debe ser una noticia que preocupe, indigne y movilice a la comunidad, a las organizaciones ambientales, a los planificadores, urbanistas, a los creyentes y practicantes del derecho a la ciudad. Es un grave error devorar espacios que tienen grandes potenciales, pulmones verdes dentro de la no-ciudad y las grandes carreteras. Espacios que nos dieron en algún momento paz, silencios (o menos ruidos), esperanza, risas y nos hicieron sentir ciudadanos, nos hicieron ejercer nuestro derecho al disfrute de los espacios públicos y nos reprodujimos socialmente, algunos desde pequeños y otros desde más grandes. El parque tiene una gran centralidad entre las conocidas urbanizaciones que, aunque no estén a distancias placenteramente caminables, sí están en un circuito territorial que tiene grandes potenciales. Bastaría con la implantación de un proyecto urbano que tenga como filosofía la participación ciudadana y las relaciones intermodales, que considere al vecino o la vecina que salga a pasear, a los consumidores de los comercios cercanos, a los adolescentes que salen de las escuelas e incluso, al que simplemente tenía el parque como destino.

Durante muchos años el Parque Luis Muñoz Marín adquirió un sentido en sí, penetró nuestra niñez y nuestra memoria. El parque fue escenario de la vida y las interacciones de individuos y se convirtió en el escenario de un colectivo, de generaciones completas que hoy lo recuerdan con añoranza. Disfrutaron de él todos los puertorriqueños/as que lo disfrutaban cada fin de semana, no es un parque solo de sanjuaneros/as. Es por esto que considero que una decisión como el arrendamiento de un parque como éste afecta a muchas más personas que no necesariamente son votantes en el municipio de San Juan. El parque tuvo vida, vibró, organizaba sus caminos, sus relaciones y sus actividades, generaba sentimientos de identidad colectiva y su entorno físico y natural potenciaba la socialización entre niños, padres y madres, abuelos y abuelas y cualquier persona que deseara estar en él.

La Ordenanza 27 tiene una con todos sus atractivos publicitarios como lo son las canchas de fútbol (con césped artificial y alquiladas a los ciudadanos por la modesta cuantía de $80.00 la hora), canchas de voleibol playero, el Deli Juice Bar, la tienda de ropa deportiva y los restaurantes. Es, prácticamente, un centro comercial del deporte en el exterior. No digo que esto esté mal, al contrario, si un municipio conoce y entiende que sus ciudadanos/as tienen la necesidad de nuevas facilidades deportivas, hay que cumplirlas. Sin embargo, cuestiono el hecho de que se haga a cuentas del alquiler por 15 años, extensibles a 20 años de un parque público. Un parque que se ha mantenido cerrado por problemas económicos en lo que respecta al mantenimiento.

Un elemento importantísimo a considerar es la pequeña, ineficiente o inexistente transportación colectiva que llega de muchos lugares clave al parque. Esto quiere decir, que un día de juegos en las canchas, de venta en las tiendas, de consumidores en el restaurante y de personas que van a dar un paseo, todos ellos llegarán en transporte individual, emitiendo grandes cantidades de contaminantes, haciendo imposible e insoportable el tráfico para el que también quiere disfrutar de las facilidades, o el que transita casualmente por la Avenida Piñero.

Un municipio, o un gobierno que no tenga la capacidad de tomar decisiones y, acto seguido, conseguir las herramientas para la gestión y fiscalización, confirma el hecho de que hay un problema de voluntad en lo que respecta al espacio público. El acto de cerrar el parque por tanto tiempo, y luego salir con una ordenanza de índole privatizadora es un atropello a la ciudadanía, es sentenciarla al sedentarismo, seguir restándole espacios a las nuevas generaciones que llevará a grandes problemas en un futuro no muy lejano. Este gobierno (y todos los anteriores) han ignorado y eliminado las posibilidades de encuentros sociales, le huye a un diseño urbano que, apoyado por legislación, pueda lograr su objetivo al “crear lugar”, repudia el libre uso del espacio público y, en la práctica, nos arrebata derechos ciudadanos.

Puerto Rico tiene una gran ventaja climática con respecto a muchas partes del mundo, las conocidas plazas duras, que es puro pavimento y mobiliario urbano existen por lo difícil que es mantener césped y vegetación en espacios como el Mediterráneo, sin embargo, los ayuntamientos hacen lo posible por rehabilitar cada vez más las plazas, inyectarles verdor y elementos de sostenibilidad y participación ciudadana. El parque Luis Muñoz Marín se mantiene con un presupuesto muy pequeño, es un gran espacio de vegetación que debe ser de libre acceso para todos los ciudadanos. Es primordial la creación y (re)generación de espacios públicos, donde las personas puedan intercambiar experiencias, la juventud pueda recrearse sin pagar altas sumas de capital, donde se puedan llevar a cabo actividades de educación, de promoción ambiental y sobretodo, espacios que sean accesibles y asequibles a la totalidad de ciudadanos/as. Son necesarios espacios que integren, no que excluyan. La posibilidad de crear experiencias, vivencias y memorias en este escenario debe ser favorecida, no arrebatada y condicionada a la capacidad económica para pagar por la “diversión”. La Ordenanza 27 elimina la heterogeneidad del espacio, de sus habitantes actuales y los futuros, el espacio será vivido y disfrutado por algunos/as pocos, eliminará elementos importantes para la ciudad, como el encuentro casual, la diversidad de usos y las posibilidades de conflictos (necesarios para la convivencia). Debo aclarar que hago referencia a elementos importantes de la ciudad sabiendo que este parque no es una, utilizo las ideas y las características que podrían aplicarse en la creación de alternativas actuales y futuras sobre el parque como un hito que puede crear dinámicas urbanas y sociales importantes. Es un parque que se encuentra rodeado de un diseño urbano de suburbio, de calles anchas para los vehículos y de poca amabilidad urbana hacia el peatón. Sin embargo, si consideramos las comunidades que le rodean, las escuelas, los comercios y una cierta centralidad, aunque sea para el auto, tenemos de frente un lugar con maravillosas posibilidades de cohesión social y urbana. Es un panorama frustrante cuando recordamos aquellas hermosas y gratas promesas que escuchamos durante las campañas políticas, eran esas las que hacían mención de la reivindicación de los espacios públicos para las comunidades, que ratificaban la importancia de la participación, los derechos ciudadanos y de la protección del medio ambiente. Son esas promesas las que se desvanecen, a un paso no tan paulatino, sin consideración, sin consultas y sin vergüenza.

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