Sobre un debate ausente.

“El derecho a la ciudad legitima el rechazo a dejarse apartar de la realidad

urbana por una organización discriminatoria, segregativa.”

Henri Lefebvre, 1976.

Sobre un debate ausente.

La importancia de determinados temas no es suficiente para condicionarlos a una justa exposición en los medios de comunicación o en los eventos comunicativos populares o individuales. Su importancia, en determinados casos, puede descifrarse entre silencios -convenientes- que persiguen y logran que determinado tema no se conozca lo suficiente, que no se hable en espacios de gran exposición, que no se entienda el lenguaje de signos o los códigos abstractos que, en sí mismos, albergan una gran cantidad de información y relaciones. Los códigos son traídos a la mesa, en el contexto urbano, por Henri Lefebvre, “Todo código define un espacio centrado, abriendo un horizonte en torno a un texto (mensaje), desplegándolo y, consecuentemente, cercándolo, cerrándolo.” (Lefebvre, 1976). El autor habla de la posible trampa de la legibilidad de estos códigos y nos levanta a su sospecha cuando afirma que “Encepada y encepadora, la legibilidad disimula lo que omite, omisión que puede detectar un -lector- más atento, analítico y crítico.” Pero esta crítica, que bien señala por un lado la excepcionalidad de un tipo de lector, al mismo tiempo apunta hacia el lector que, por la configuración del sistema y la elaboración de los discursos del poder, no se ha enfrentado de manera crítica (ni acrítica) a determinados temas. No los conoce porque no ha obtenido la información suficiente como para que su desarrollo como individuo logre ser nicho de la otorgación de significados a temas que competen la vida cotidiana. El discurso está lleno de significados, de hecho, sale de ellos y se vuelve a ellos, con ello me remito a la siguiente afirmación:

“El discurso no es nada más que un juego, de escritura en el primer caso, de lectura en el segundo, de intercambio en el tercero, y ese intercambio, esa lectura y esa escritura nunca poseen en juego más que a los signos. El discurso se anula, así, en su realidad, situándose al servicio del significante” (Foucault, 1992)

Ante esto debemos tener presente que el discurso tiene sus reglas y sus sistemas de exclusión. Este sistema de exclusión incluye lo que se conoce como la palabra prohibida. Lo prohibido está controlado de manera tal que logra “dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad” (Foucault, 1992) “Las prohibiciones que recaen sobre él (el discurso) revelan muy pronto, rápidamente, su vinculación con el deseo y con el poder” (Foucault, 1992). Con esto regreso al inicio, primero concluyendo que no hay debates ausentes que no se quieran y deseen ausentes por parte del poder. Si está ausente en un sector es porque otro sector lo tiene más que presente, porque este último sector depende de él y del desconocimiento masivo para conseguir como resultado la perpetuación de privilegios y de poder.  Segundo, la prohibición de la palabra es exclusión a través del discurso y su materialidad. Se le teme al contradiscurso, y por lo tanto, se trabaja arduamente desde las altas esferas políticas y de poder para que no solamente no se hable sobre lo prohibido, sino para que los ciudadanos/as tengan el menor acceso a la información sobre temas prohibidos y no aceptados institucionalmente.

Toda esta introducción es una breve base para la reflexión de hoy, el debate ausente. En este caso me gustaría hablar del debate de lo urbano, cuestionar su ausencia y trabajar para la aparición y accesibilidad tanto de la palabra como de las acciones. Lo mencionaba Lefebvre cuando definió el derecho a la ciudad, no como un derecho natural ni contractual, sino como un derecho positivo, donde los ciudadanos tienen derecho “a figurar en todas las redes y circuitos de comunicación, de información, de intercambios.” O sea, el derecho a la ciudad es comunicación, es acceso a los procesos, es participación directa y real, es la búsqueda de la definición de necesidades y deseos utilizando herramientas que, desde sus inicios, se definan por ser justas e integradoras. Lefebvre espacializa el derecho a la ciudad en la centralidad: “No se puede llegar a forjar una realidad urbana, afirmamos aquí y en demás publicaciones, sin la existencia de un centro: sin un agrupamiento de todo cuanto puede nacer en el espacio y producirse en él, sin encuentro actual o posible de todos los -objetos- y -sujetos-.” (Lefebvre, 1976)

Cuando no se da esta especificidad espacial de las relaciones sociales, nos topamos, entre otras cosas, con un espacio potencialmente apolítico que, paulatinamente, van reduciendo su presencia y su apropiación sobre el espacio público y abstracto (pensamiento, conocimientos, debates, discursos). Si vemos a nuestro alrededor, lo homogéneo o heterogéneo de la forma espacial lleva consigo un discurso, una ideología, una forma de pensar y actuar de las instituciones que determinan movimientos y condicionan relaciones a través del dibujo cifrado de la trama urbana. Analizar críticamente el espacio, su morfología y sus discursos nos puede conducir a cuestionar los contenidos y los códigos que han sido adoptados históricamente. Este análisis nos puede llevar a la elaboración de un contradiscurso que, sin duda, proponga, no solamente el rompimiento de las prohibiciones, sino que estimule nuevas revoluciones en el acceso a la información y en el pensamiento y que aboguen por apostar a su desarrollo espontáneo, creativo y libre.

No busco, con esto, extenderme demasiado. Busco, primero, comprender la ausencia de un debate y las justificaciones que afloran desde los poderes políticos. Lo urbano, en la sociedad puertorriqueña, es un tema escaso, casi desconocido, y sin embargo, es un tema, una herramienta y un proceso físico y social que condiciona constantemente nuestras relaciones, que puede vulnerar o resolver nuestras necesidades dependiendo los instrumentos de identificación que se utilicen y las escalas que representen. No conocerlo, no debatirlo, no abrirlo a todo tipo de sectores es un atentado contra la democracia y es una aceptación de las desigualdades sociales, territoriales y económicas como las conocemos hoy. Lo urbano no es meramente un resultado de decisiones (ya de por sí viciadas por las experiencias y los contextos en los que se encuentran quienes las toman). Lo urbano es escenario, pero también es motor para la convergencia, para el conflicto, para la identificación y la empatía. Lo urbano es un espacio para el debate que debe salir del debate. Es movimiento constante y es redefinición incesante. Ni el espacio, ni el pensamiento pueden ser apolíticos, silentes y manipulados, deben ser lugar de revolución crítica y cuna de la discontinuidad entre el discurso con reglas y sistemas de exclusión a un discurso abierto, libre, heterogéneo, inclusivo y cambiante. En otras palabras, hablar sobre lo urbano es revolucionario, porque el silencio y lo prohibido se desconciertan ante la aparición y la fortaleza de nuevos debates, nuevos personajes (antes excluidos) y la capacidad de integrar a quienes permanecían vetados del uso del lenguaje y de la participación en las decisiones. Hablar de lo urbano nos da un espacio de convergencia, una centralidad ideal para el debate de otros temas que, sin lugar a dudas, ocurren en un espacio físico. El debate urbano es apropiación del espacio físico y del espacio discursivo, es reivindicación de los deseos con una voz y una corporeidad que hoy parece ausente, pero que es rescatable, alimentable y adoptable por todos los sectores de la sociedad que busquen el disfrute de un derecho no escrito, pero sí conquistable, como el derecho a la ciudad.

Bibliografía:

Lefebvre, H. (1976). Espacio y política : el derecho a la ciudad II. Barcelona : Península. Retrieved from http://cataleg.ub.edu/record=b1075165~S1*spi

Foucault, M. (1992). El orden del Discurso. Editorial Tusquets, Barcelona. doi:10.2307/3466552

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