La compensación fracasada del transporte público.

La compensación fracasada del transporte público.

 

El detrimento paulatino, aunque con sus picos de intensidad, del transporte colectivo en el área metropolitana de Puerto Rico no es algo que –particularmente- pueda pasar desapercibido. Las razones para su problematización son múltiples. Las necesidades de un debate crítico son vitales para recuperar una voz y un lenguaje que hemos dejado silenciar y que es fundamental para leer e interpretar el discurso que cae sobre la ciudad y que, al mismo tiempo, sale de ella.

Lejos de entrar a las causas del abandono o desinversión de determinado servicio público (que son muchos y que encantada debatiría en otro texto), me gustaría poder problematizar brevemente de qué manera el Estado se ha rehusado a compensar uno de los grandes fracasos del mercado, ese mercado al que se le ha delegado tanto y el que ha dado respuesta nula a unas necesidades fundamentales de movilidad mientras que, sin duda, se ha esforzado por crear, mantener, destruir y recrear nuevas necesidades y nuevos deseos que se amoldan mejor a su tan ansiada acumulación de capital.

Entiendo que en un momento de campañas políticas, de promesas vacías y de medios de comunicación acríticos, toca poner en cuestión una gran cantidad de temas sobre lo público hoy y lo público de un mañana. Poner sobre la mesa la innumerable cantidad de expectativas frustradas que –con un largo pasado y con una tajante promesa de continuidad- no pueden mantenernos inmóviles y mucho menos en un estado de superficialidad política cuando nuestro futuro y el de las futuras generaciones depende de nuestro interés y capacidad en manejar los conflictos sabiamente, de ser críticos en todo momento y de exigir derechos que –aunque no aparezcan escritos- podemos creer pertinentes y necesarios en un nuevo proyecto de país. Por eso hablo –e insisto tanto- en la transportación pública y en alternativas viables que garanticen la movilidad por la ciudad, entre ciudades y por la movilidad regional.

El transporte público, como he dicho en varias ocasiones y en pasadas entradas en este blog, si tiene una intención mínima de funcionalidad y democratización, no debe basarse en las realidades estadísticas de uso del servicio o de cuánto se pierde económicamente. El transporte público y sus gestores/as deben tener una visión de futuro que, aunque suene y parezca iluso, se desprenda de toda negatividad. No se construye un proyecto de movilidad (y por lo tanto, de derecho a la ciudad) para el presente, se hace para el futuro –tanto cercano como lejano-. Cuando se habla de que el sistema capitalista –para crecer y seguir existiendo- necesita de la compensación de los fracasos del mercado y la intervención del Estado para ello, estamos hablando de una intervención que maneje y administre los daños –muchas veces irreparables- que han afectado al medio ambiente y social. En tal caso, el Estado es responsable de compensar las debilidades de un mercado en el tema del transporte. El Estado debió –y debe- compensar el daño causado (nunca cuantificado) a los sectores sociales y a las personas que se han visto excluidas, no solamente del uso y disfrute de determinada modalidad de transporte, sino de la ciudad en sí misma. Insisto tanto en la necesidad de dialogar sobre el sistema de transporte público porque es una de las formas de materializar el derecho a la ciudad, de lograr la democratización de lo público, porque influye en la economía, porque incide en la utilización activa de las calles y de las plazas y porque, sin duda, nos acerca a una libertad de movimiento y de expresión física que de otra manera está y seguirá siendo arrebatada de nuestro cuerpo.

Es evidente que todo lo dicho toma una larga distancia ideológica de los discursos políticos, mediáticos y construidos (con construido me refiero a la morfología urbana en cuestión). Queda más que en evidencia que democratizar la ciudad, sus espacios y promover el libre y fluido acceso a los mismos no es una prioridad en la compensación de los fracasos del sistema de mercado que lleva a cabo el Estado. El mercado, en este caso, buscó beneficiarse únicamente de la creación de una necesidad (el automóvil), que fue una aparente necesidad de identidad y terminó volviéndose –ante las conspiraciones del mercado con un Estado que controla poco- en una necesidad real. Esta necesidad nos hace cada vez más vulnerables ante las fallas del mercado, la privatización de servicios o la anulación de los mismos por parte del Estado. Combatir estas necesidades que, sin lugar a dudas, repercuten en nuestro desarrollo como individuos y como colectivos en el espacio urbano es un elemento esencial y de urgente presencia en múltiples y diversos debates. Exigir, por todos los medios y a todos los responsables, la construcción de una(s) propuesta(s) alternativa(s) que desafíen el sistema actual es una gesta -tan básica como importante- que nos puede llevar a desprendernos –y en el mejor de los casos boicotear- la ambigüedad que, durante años, nos ha hecho creer tener una identidad de consumidores profundamente fusionada con la de ciudadanas y ciudadanos. Sin duda, somos ambas cosas, pero no podemos ser las dos al mismo tiempo. Cuando se trata de temas que afectan personas más allá del hogar, el pensamiento crítico característico de las ciudadanas y ciudadanos debe hacer desaparecer al consumidor amansado, callado, cabizbajo y conforme que existe en nuestro ámbito privado. Cuando se trata de lo público nos debemos a todas y todos, nuestra individualidad material y privatizadora debe quedar de lado y debe salir a flote la responsabilidad social que tanto necesitamos y merecemos como sociedad.

El transporte, como la salud y la educación, no son cosas que se guardan en un almacén finito y que cuando a su productor se le ha terminado el inventario, debemos mirar/consumir otros productos en otros estantes. Lo público, aunque el presupuesto lo dificulte, en su más pura esencia debe ser una cosa infinita en posibilidades de voluntad, de gestión y materialización. Debe ser algo frente a lo que, sin miedo, nos crezcamos en creatividad. Debe ser algo que vislumbremos como posible, que nos encariñemos (y aquí acudo a un sentimentalismo político) con la gestión colectiva y democrática y valoremos en su materialización. Los límites –impuestos- de lo que puede ser lo público y sus servicios (cada vez menos y cada vez peores) deben ser desobedecidos por ciudadanas y ciudadanos que hayan renunciado a la ambigüedad –tan relativa como peligrosa- entre la identidad de consumidores y ciudadanos. Lo público y sus infinitas posibilidades debe ser pensado, criticado, repensado y construido por todas las personas que, con hambre de justicia y deseos de nuevos y más equitativos proyectos de país, hayan reivindicado su pensamiento crítico y que busquen, sin lugar a dudas, un despertar administrativo y creativo (¿por qué no?) que contradiga y que sea contra-fáctico de los efectos del fracaso de un mercado que, con apoyo estatal, terminará segregando, aislando y distribuyendo las oportunidades al antojo de los poderosos donde beneficiarán a unos sectores de la población mientras perjudicarán –impunemente- a otros sectores de la población.

Anuncios