(In)seguridad vial, trascender al individuo.

 

(In)seguridad vial, trascender al individuo.

 

Decía Saskia Sassen en alguna conferencia reciente en el CCCB (Barcelona) que con las generalizaciones no se llega a ninguna profundización sobre temas, sobre problemas y posibles soluciones.

Tomando estas palabras de la respetable autora, me gustaría pensar en cómo interpretamos las generalizaciones en temas tan “escuetos” como la seguridad vial en Puerto Rico. Al analizarlo, encuentro que la opinión pública-popular sobre este tema, o sea, la respuesta y reacción de las personas ante un accidente vial donde uno es más vulnerable (el ciclista, el peatón) que el otro (el que se escuda dentro de un carro) puede llegar a ser una generalización cuando se buscan culpables. Como cité arriba, hay que ponerle ojo crítico a las respuestas generalizadas, a las acciones poco reflexivas que, luego de la euforia del momento, nos harán estancarnos en la búsqueda  de soluciones reales, justas y efectivas.

Con esto no quiero hacer un enredo del que puede ser difícil salir, quiero decir, en resumidas cuentas, que tenemos la tendencia de acusar directa y personalmente a un conductor/a de vehículo motorizado y privado sin profundizar en las causas, en los efectos y en los discursos hegemónicos que se han materializado en el diseño urbano, en la manera en que está construida la ciudad y en la forma en que -nos han dicho e impuesto- que debemos movernos en ella.

La acusación generalizada del conductor/a del carro individualiza en problema, la causa y el efecto, sin conseguir -a largo plazo- una reflexión sobre cómo se han formado a estos individuos, sobre qué los sustenta y sobre quiénes -directa e indirectamente- validan la reproducción de determinadas acciones en la ciudad, que en principio, debería ser de todos y todas.

Todo esto, porque creo que la convergencia del análisis y reflexión desde todas las escalas del problema pueden ayudarnos a tener un marco más amplio, un panorama mejor distribuido de los actores y sus poderes y así intentar resolver -siempre en complejidad y siempre indefinidamente- un problema que nos afecta hoy, nos afectará mañana y nos seguirá afectando si seguimos con la tendencia de personalizar el problema de la seguridad vial.

Entiendo pertinente hacer una serie de preguntas: ¿Qué ganamos una vez la persona -que no deja de ser culpable de algún descuido, de alguna negligencia, de conducir ebrio/a o no tener licencia- esté legalmente procesada? ¿Acaso con ello logramos mermar la posibilidad de nuevos accidentes? ¿Acaso ello nos da mayor seguridad a la hora de salir de paseo o hacer deporte caminando o en bicicleta? Me atrevería a decir que la respuesta es negativa, que no ganamos nada como sociedad, que la justicia aplicada en este caso no repercute en beneficios hacia la convivencia colectiva y a la vida pública en la ciudad. Al final, tendremos individuos pagando con años de privación de libertad lo que, sin duda, ha sido un modelo de movilidad en la ciudad que, lejos de adaptarse a las necesidades de los ciudadanos y ciudadanas, ha impuesto una única modalidad como la imperante, haciendo que ella misma no se adapte a las necesidades sociales de los individuos. Tomarse una, dos, tres cervezas no es el problema, el problema es que el sistema de transporte de la Isla nos condiciona a regresar a la casa en automóvil. La inexistente libertad de selección de un sistema de transporte que se adapte a nuestras necesidades nos condiciona no solamente a nivel material, sino que poco a poco ha ido calando en la cultura puertorriqueña hasta el punto de convertirse en toda una hegemonía prácticamente impenetrable, y particularmente poco reflexionada y cuestionada. ¿Sigue siendo, entonces, el automóvil una herramienta para la ganancia y acumulación de libertades? Pareciera que es todo lo contrario, que lejos de libertades, nos han (pre)condicionado a su adquisición, a su valoración, a su veneración, y a su defensa. Parece que la libertad de elegir otro medio de transporte es una rebeldía sin causa, de la que el Estado prescinde, y de la que, bajo una presunción donde se le tilda de inadaptados a los dispersos ciclistas o al extraño peatón, se “hace” política pública mirando los beneficios económicos que pueda traer a la Isla la multiplicación de autos y la construcción infinita de nuevas carreteras exclusivas para el mismo. Al final, se levanta toda una estructura política y económica de culto al automóvil donde el peatón o el ciclista pintan muy poco en el escenario porque –según este sistema económico capitalista- no aportan a las arcas del Estado y, sin duda, tampoco a las arcas del sinnúmero de empresas privadas que dependen de esta forma de hacer y vivir la ciudad. Es por ello que debemos, primero que nada, asumirnos como indeseados en la ciudad actual. Si caminamos o si pedaleamos, somos mal vistos, rechazados, culpabilizados, estigmatizados porque nos estamos rebelando contra una hegemonía del automóvil que –contrario a lo social y ambientalmente saludable- sigue en pie hoy en día, con mucho más dinero y muchas más estrategias para vencer cualquier idea alternativa o cualquier forma de autodeterminación social sobre la vida en la ciudad.

La invitación a la reflexión queda aquí: ¿Debemos ocupar nuestros esfuerzos en la acusación individual de personas pre-condicionadas a este sistema de movilidad urbana, en sí mismo jerárquico y violento; o bien podríamos dedicar los esfuerzos a señalar la culpabilidad de un Estado que se ha desligado de su responsabilidad social-urbana en un intento de perpetuar una forma de vida urbana absolutamente exclusiva para las cuatro ruedas? ¿No deberíamos estar exigiendo políticas de Visión Cero aplicadas –con éxito ya- en Noruega, Suecia, México, Nueva York, etc.? Bajo esta Visión Cero, la vida y la salud de los ciudadanos y las ciudadanas no es intercambiable por otros beneficios (entiéndase, los económicos). Y me gustaría entrar detalles….

La Visión Cero tiene cuatro principios básicos: Ética, Responsabilidad, Seguridad y Mecanismos para cambio. Me gustaría detenerme un poco en “Responsabilidad” que es cuando proveedores y reguladores del sistema de tránsito comparten responsabilidad con los usuarios del mismo. También me detengo en “Seguridad”, donde los sistemas de tránsito tienen que tomar en cuenta los errores humanos y minimizar las posibilidades de accidentes. Tanto la responsabilidad como la seguridad guardan relación con –el quién-. ¿Quién provee, quién diseña, quién construye, quién instala los sistemas de información, quién les da el mantenimiento apropiado? Luego del –quién-, viene el –qué-. ¿Qué visión tiene el grupo de técnicos? ¿Qué medidas toma para cumplir la con la necesidad de hacer inclusivas las calles, la seguridad vial y la certeza de que no hay discriminación en la movilidad dentro del espacio urbano? ¿Qué políticas, ordenanzas o mandatos por parte de los políticos existen y cuáles deben existir para garantizar una gestión democrática de la ciudad? Y agrego, ¿quién debería responder ante la inseguridad vial que beneficia a unos mientras perjudica a otros? ¿No es la mentalidad y la cultura del dominio del carro algo que el Estado ha producido y continua reproduciendo? ¿No es, entonces, el intento de dominio algo en sí mismo injusto? ¿Acaso no es esto algo que debe cambiar desde donde se piensan y construyen las políticas públicas? ¿No es una nueva forma de ciudad, más diversa, más justa, más democrática algo a lo que debemos aspirar todas y todos? La movilidad diversa, libre y alternativa es, sin duda, una de las formas de garantizar todo lo anterior, sin un gobierno que se asuma responsable fuera de los tribunales, y no digo con ello que se elimine ese proceso, faltaría más, solamente reflexiono sobre cómo esa responsabilidad debe trascender la individualización de los accidentes hacia un Estado que se asuma como responsable primario de la forma urbana actual, que reflexione abiertamente sobre los aciertos y desaciertos y comience a cambiar, desde la raíz, la ciudad injusta que se ha construido y que se nos ha impuesto.

IMAG6261

La fotografía es de la ciudad de Friburgo, Alemania. Se coloca en esta publicación con la intención de hacer visible la convivencia de autos, peatones y ciclistas en la ciudad. Demuestra la distribución pacífica de los espacios, la democratización de la calle y la inclusión de todo tipo de modalidad de transporte.

Anuncios