Mirando la ciudad.

Mirando la ciudad.

Por Mariana del Alba López Rosado

[Escrito en algún tren. Con fecha del 6 de diciembre de 2015]

Hay momentos en la ciudad donde la mirada es compulsoria; la negociación visual es todo un lenguaje y pareciera ser que para acertar en cualquier augurio sobre el -ya complejo y extraño- futuro de la ciudad, habría que exponerse a todo y no huir de nada. Salir, por ejemplo, bajo el insoportable Sol, bajo la más agresiva lluvia, cruzar la humedad del tiempo, traspasar aquello que no siempre es bienoliente y, finalmente, agotar la pisadas hasta el colapso de nuestra mejor herramienta, el cuerpo.

Se podría hablar de las calles; de sus bellas y más horribles formas.

Se podría hablar de las flores; de sus suspiros y sus ausencias.

Se podría hablar de los puentes; aquellos que han sido escenarios de amores y rupturas, de gritos y esperanzas.

También podría hablar de la lluvia, de su caída y su inevitable evaporación. Hablar de como nos angustia o nos anima, o bien, hablar de su peculiar forma de llamar a la ventana, buscando espectadores a través de cualquier cristal opaco. Hablar, también, de la insistente invitación a ser cuerpo que interviene, a entrar a escena junto a la dura y cruel gravedad que la lleva al suelo, sin aviso, sin remedio, sin forma, sin vida.

El transcurso del andar debe nutrirse de complejidad y rechazar lo superfluo, lo acostumbrado, lo desechable, lo universalmente genérico. Jamás ignoraremos el diálogo entre las gotas de lluvia, las flores, las calles y los puentes si nos hemos proclamado seres vulnerables ante todos ellos, si nos hemos abierto a la fugacidad espacial y temporal sabiendo -siempre- que al final de todo encuentro y de toda sensibilidad, nada será igual.

Llegar a esa sensibilidad no es cosa finita, faltaría más. Es ejercicio perenne con un desarrollo claramente conflictivo y muchas veces gratificante. Ese despertar puede ser el preludio perfecto para cualquier intento de narración que busque romper las cadenas de la homogeneidad generalizada de la que somos víctima y objeto.

A partir de ello podríamos atrevernos a apreciar ruidos, como el de un viejo tranvía. Quizá, también, jugar a la clasificación del grosor de las partículas encendidas que son fruto del roce entre los vagones y los carriles de cables corroídos por el uso y el tiempo. Todo esto, visto como un espectáculo efímero, que aparece  y desaparece al antojo del necesario y tan inspirador caos que habita en la ciudad.

Apreciar, por qué no, los sumideros de viejas pinturas que se atisban en las viejas y nunca silentes paredes de la ciudad. Entenderlos como capas de colores y de historias, como matices que fueron testigos de otros tiempos y que, por vagancia o por resistencia, permanecen medianamente escondidas aunque siempre descifrables para el ojo que vaya cazando singularidades, detalles o bien, recuerdos inquebrantables.

Sin dudas, hay momentos en la ciudad donde se juega a ser radar, donde de tanto observar se termina trascendiendo tiempos. Esos tiempos, siempre relativos, que de un momento para otro se te escapan, se hunden, se vuelan, corren, se desvanecen y se engrandecen para que cuando por fin los creas -ilusamente- recuperados ya será muy tarde, ya la ciudad no será la misma y ya tú, que entraste en su esencia, tampoco lo serás.

Cuando te vuelcas en ella resulta que el pavimento es toda una aventura donde encuentras rostros en sus formas y encuentras en él los más extraños rastros de locura que han sido tendidos en la noche anterior. Resulta, también, que en este proceso, las farolas nocturnas marcan los pasos hacia los encuentros más fortuitos y que, en ese camino indescifrable, el río -en estado perenne de metamorfosis- cambia con la ayuda del inestable humor del arrugado puente desde el que se le mire. Entonces, la ciudad gira imparable, sintiéndose heroína de su propia e inminente monotonía, trastocando, así,  sus texturas, sus luces, sus ritmos, sus gentes y sus ausencias.

Cuando te entregas a ella resulta que todo es nada, que lo creído es falso y que el conocimiento huye buscándose a sí mismo. 

Resulta, en fin, que la complejidad que descansa y agita la más sensible de las apreciaciones se vuelve todo un lujo y que la vida, sin todo esto, seguiría valiendo la pena, pero nunca sería tan rica, tan genuina, ni tan hermosamente catastrófica.

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